El conmovedor mensaje de una riojana a Julio Martínez

El conmovedor mensaje de una riojana a Julio Martínez

Quien escribe se identifica como V.V., asegura que el Senador Julio Martínez la conoce ya que fueron vecinos durante muchos años en Chilecito. La joven tomó coraje y contó en detalle su traumática experiencia. Finaliza con un mensaje directo a Mashasha: “te pido que no seas el responsable de que las mujeres tengamos que padecer estas situaciones inhumanas al momento de abortar. Porque vamos a seguir abortando y vamos a seguir muriendo. No tengas dudas de eso”.

El escrito completo de la joven:

Cuando terminé el secundario comencé lo que había soñado toda mi vida: mi camino hacia la libertad. Vivir sola, en otra ciudad, conocer gente nueva, comenzar a descubrir quién soy y lo que me gusta.

Una de las grandes enseñanzas de mis padres antes de partir de casa fue: “en la vida te vas a cruzar con gente buena y con gente mala” pero lo que nunca me enseñaron es que la gente mala también se disfraza de gente buena y católica. Fui educada para ser siempre respetuosa con la palabra de los mayores. Es por eso que también tomé consejos de mis primos (porque eran mayores y sobretodo varones): “estar lejos de la familia sólo se aguanta con muchos amigos”. Bien, lo hice. El otro consejo era que me una a grupos católicos, pues ahí encontraría gente “de bien”. Ok, entendido, fue lo primero que hice apenas llegué, desde el interior de La Rioja a la Capital de la provincia, en marzo.
En agosto me puse de novia con un chico del grupo que era 6 años mayor que yo. Me enamoré. Demostraba ser todo lo que el patriarcado me pedía: protector (celoso), lindo (con alma fea), popular (con mil minas), con guita (deshonesta), seductor (mentiroso) y muchas cosas más pero, por sobre todo, lo más característico de él era/es su mente manipuladora disfrazada de inteligencia.

Yo era chica y le temía mucho a la sexualidad. Fui criada en un pueblo y con familia ultra católica. Mi mamá jamás me habló de “eso”; mi papá lo único que me dijo fue “si vos tenés sexo y te quedas embarazada, me quedo con el niño y a vos te dejo en la calle” (si, él también hoy predica eso de “salvemos las 2 vidas”) y por último, con mi antiguo novio no habíamos llegado a mucho sexualmente por la misma razón: temor.

Claro que quería tener sexo. Mis hormonas florecían pero mi mente llena de religión me hacían decirle a este nuevo “galán” que NO. No. No. No quiero. No estoy lista. No puedo. No. “Bueno sí, pero usemos preservativo.” A esto último él me dijo que no. Entonces yo volví a decir no. Pero, como él tenía “mucha experiencia” y yo era la “nueva” me explicó más de mil veces que “si te lavas con agua apenas eyaculo adentro tuyo, no pasa nada”. Yo no le creía. Así que volví a decir que NO.

Unas semanas después, este macho manipulador preparó una cena gourmet: velas, música, romanticismo, todo lo que una mujer teóricamente quiere cuando va a “suceder” y a pesar de que yo no quería, pensé: “pobre, preparó todo, no lo va a volver a hacer, esto no me vuelve a pasar, este es el momento de aceptar.”

Nadie me enseñó que al momento tenía que elegirlo yo, no él. Pero en fin, lo hicimos sin preservativo. Acabó adentro. Me lavé y lloré de miedo cuando se fue. Tomé la pastilla del día después. Todo como él pretendia. Estas acciones se comenzaron a repetir cotidianamente. Yo lo quería y si lo quería conmigo tenía que bancar estas cosas.

No quiero mentir ni generar falsas interpretaciones de esta historia. Por eso voy a aclarar que, por supuesto, hice muchas cosas porque quise y deseé pero fueron más las que no quise y me obligué/ó a hacerlas. “Hacelo por mi” era una frase típica de él. “Tenemos que separarnos, no puede ser que no quieras hacer… tal cosa” también era otra frase.

Fui violada sistemáticamente incontables veces y realmente no lo sabía. Recuerdo llamar a mis amigas católicas llorando cada vez que tenía sexo con él y jamás actuaron. Creo que también le tenían miedo o no podían creer cómo “alguien de bien” fuese así. No importa, en fin. Las entiendo.

11 meses después el calvario ya estaba instalado: logró que me aleje de mis amigas, de mi familia y de mis estudios. Lo único que tenía que hacer era vivir para él y el grupo (donde simulábamos ser perfectos, aunque yo tenga una que otra “marquita”). Esta patología ya se me había hecho carne. No podía estar sin él y era “genial”.

Ante su negación de utilizar cualquier tipo de anticonceptivo, me terminó convenciendo de que el lavado era una forma de anticoncepción y como era de esperar, paaafff: El 20 de mayo me enteré que tenía 5 semanas de embarazo. Me quería morir y no era porque estaba embarazada. Me quería morir porque el padre era un pelotudo, porque me iban a echar de mi casa, porque iba a ser la vergüenza de la familia a los 19 años embarazada, porque no sabía que iba a decir la gente de mi pueblo, porque no tenía un título, porque era la primera de mis amigas, porque no estaba casada y no quería estarlo, porque no quería vivir con él, porque mi sueño de libertad se había acabado y porque realmente, amé tan instantáneamente a ese embrión que no quería una vida de mierda para él.

Lo primero que busqué fue cómo abortar. Después buscaba qué era lo que había que tomar para cuidar su crecimiento. Lloraba y sonreía. Me odiaba pero me estaba enamorando. Fue la hora más bipolar de mi vida. Finalmente decidí que lo iba a tener. Era lo que yo quería y ahora sí ya había algo o alguien al que YO le adjudicaba MÁS importancia que a mi propia vida. Decidí que las cosas que me involucraban a mí me las iba a bancar y que iba a buscar la manera de que cuando nazca el bebé no le falte nada. Al fin y al cabo, es eso lo que una madre siempre desea para sus hijxs, ¿no?

Le comuniqué al progenitor y comenzó la manipulación, nuevamente:

Fingió estar súper contento con la situación. Hablamos de apoyo, contención, cuidados, amor, etc. Pero me pidió que, momentáneamente, lo mantuviéramos en secreto hasta que él consiguiera trabajo y bueno, ambos coincidíamos en el miedo al dedo señalador de la sociedad. Así que me pidió tiempo para que cuando lo anunciáramos, estemos mejor parados. Le di la razón y me callé.

Es tan difícil, compañera, para mí contar lo que sigue. Digo “compañera” porque si llegaste leer hasta acá es porque alguito de empatía sentís y te lo agradezco.

Negué tanto lo que sucedió que estoy haciendo esfuerzos por recordar y mi alma se está partiendo.

Comenzaron las amenazas de abandonarme embarazada, comenzaron los golpes, las discusiones, los días cargados de violencia inimaginable, sumado a que tenía mil síntomas de embarazo: vómitos, náuseas, desmayos, hambre, amenazas de aborto espontáneo, miedo, angustia, inmadurez, desprotección, todo. Todo.

Hasta que un día me propuso algo peor que abandonarme embarazada: me propuso “dar un paso atrás con el embarazo”. Me enojé y me volví sola a casa. A los días volvió con ánimos de hablar y arreglar las cosas. Volvió con la historia de “una familia feliz”. Le creí. Me invitó a dar unas vueltas en su moto y accedí. Era de noche y me llevo a un barrio que no conocía y que hasta el día de hoy no sé cuál es. Recuerdo que era un barrio pobre, con casas de adobe, sin asfaltar, con mucha basura alrededor y sin luz. Pregunté qué hacíamos ahí y me dijo que quería buscar unas cosas de la universidad en la casa de una compañera.

Ingresamos al hogar y no estaba su compañera, había una señora que me dijo “pasá a la pieza” y yo realmente no entendía nada. Él y ella conversaban bajito. Vi que él le pagaba y ahi entendí todo. Salí corriendo. Gritando. Llorando. Nadie me ayudó.

Obvio que me alcanzó y me atrapó. Me metió a la pieza. La señora me puso dos inyecciones que tampoco sé hasta el día de hoy qué contenían y me obligó a tomar 2 oxaprost. Lloraba, temblaba. No paraba de temblar. Me amenazaron tanto, me llenaron de miedo tanto que callé.

Me llevó a mi casa. Me puso 2 pastillas más por la vagina de una manera súper violenta. Me quitó el celular y cuando intentaba hablar me ahorcaba hasta dejarme sin aire. El efecto tardó demasiadas horas porque eran muy pocas pastillas. Esas horas lo alteraban demasiado, tanto que comenzó a pegarme piñas y patadas en mi útero hasta que al fin lo sentí desprenderse.

Aborté en mi primer departamento: llorando, marcada, sin aire, amenazada, débil, muy débil, con un dolor insoportable, con mucha sangre, desmayos, sin comida, teniendo a un violento al lado durante casi 24hs, con la incertidumbre de no saber qué me podía pasar, con miedo, sintiéndome una asesina, pensando en el Dios que me iba a castigar y así, hasta que expulsé todo o casi todo. Porque la segunda parte de esta historia está en la violencia obstétrica del Hospital Vera Barros de LR en donde me manosearon como quisieron, me internaron y me hostigaron a preguntas que yo no podía responder porque tenía al violento al lado. Pero obvio, a quienes maltrataban los médicos y enfermeras (porque sospechaban que era una asesina) era a mí. En ese hospital me usaron de experimento para residentes. No me quisieron dar información sobre la práctica que me realizarían y cuando me desperté en el quirófano, mareada por la anestesia, recuerdo haber estado al lado de una señora que me maldecía constantemente. Salí de ahí con un secreto de por vida y con el alma y útero hechos pedazos.

Fue muy poco el tiempo que pasó hasta que el feminismo llegó a mi vida y me salvó. Fue largo el camino de deconstrucción de toda la mierda que conté en las líneas de arriba (y mierda que es mucha) pero no quiero hablar hoy de mi camino en el feminismo. Quiero hablar de la importancia de que las mujeres tengamos el derecho de DECIDIR qué es lo que queremos hacer con nuestros cuerpos, con nuestras vidas. Que nunca más una mujer esté sometida a los gustos y placeres de un tercero. Quiero que quienes no apoyan el aborto sepan que nadie lo apoya, que ninguna de nosotras quiere abortar por placer ni por anticoncepción. Abortar siempre es una decisión difícil que tiene como raíz problemas individuales que solo la individua lo vive y lo entiende y unx solo tiene que respetar. No somos quienes para juzgar.

Pero si no pueden entender eso, entiendan que no todas las embarazadas son madres. Que no todas quieren tener hijos y QUE ESTÁ BIEN.

Entiendan que el aborto en sí no conlleva secuelas psicológicas, lo que te deja la secuela es la moral que tenés construida anteriormente y la ilegalidad a la que estamos sometidas.

Entiendan que a mí me obligaron a abortar y fue horroroso. Obligar a parir es igual de horroroso.

Entiendan que si hubiese estado despenalizado, hubiese tenido la oportunidad de hablar y mi agresor estaría preso y no haciéndole lo mismo a su nueva compañera.

Entiendan que si fuese seguro, ninguna piba más va a tener que pasar por lo que yo pasé. En un barrio. Insegura. En manos de alguien que solo quiere cobrar.

Entiendan que su ilegalidad solo fomenta seguir en la clandestinidad. Las mujeres vamos a seguir abortando y tal vez tengamos la suerte de salir ilesas, pero muchas otras vamos a seguir pasando por estas situaciones, van a seguir mutilando nuestros cuerpos y vamos a seguir muriendo.

Hoy a mi aborto lo vivo con la racionalidad de saber que ese embrión no iba a tener una vida digna y que ese aborto fue el comienzo de mi libertad en todos los aspectos.

Quisiera que este texto pueda llegar al corazón de Julio Martinez, que fue mi vecino durante toda mi infancia y adolescencia en Chilecito. Julio, me conoces desde muy chica, fui compañera de uno de tus hijos y estoy mas que segura que si hubiese muerto en la clandestinidad, te hubiese dolido tanto como duele esta historia. Te pido que de hoy en mas, no seas el responsable de que las mujeres tengamos que padecer estas situaciones inhumanas al momento de abortar. Porque vamos a seguir abortando y vamos a seguir muriendo. No tengas dudas de eso.

V.V.

Fuente: Enfoque Directo